Hoy: les cuento un cuento

Hace un tiempo, conversábamos con mis compañeras de trabajo las disposiciones de los nuevos feriados, donde  nos encontramos  y  sorprendimos con el feriado de carnaval.
-Como en los viejos tiempo- se escucho por ahí.
Al volver a casa, mientras sola me reía, recordé esos largos veranos  cuando era niña, porque así es, cuando uno es chico los veranos son sinónimos de vacaciones,  y las  vacaciones y el verano son eternos. Marzo y el comienzo de clases están allá muy lejos.
El que solo se ríe de sus picardías se acuerda… y así fue que recordé esos carnavales en Ramos Mejía, sí, esos que eran una fiesta, la fiesta esperada por el barrio, por los vecinos.
Todos se disfrazaban, grandes y chicos, no importaba si uno quería o no, mama ya preguntaba semanas antes de que queríamos disfrazarnos  para preparar los disfraces, en eso era una especialista y a nosotros nos encantaba, porque había concursos, música, desfiles y estaban todos los amigos, los vecinos,  la calle se llenaba de luces, de gente, alegre, divertidos. Porque para eso era el carnaval para festejar y olvidar los problemas, para divertirse, así se vivía.
Durante la época de clases cuando llegaban las fechas patrias yo quería actuar, y a mí nunca me elegían porque siempre había nenas más aptas para el papel de dama antigua, y usaban vestidos con enaguas, rodete, peinetas, guantes, abanicos, esos accesorios indispensables. Pero mi revancha siempre llegaba en carnaval,  no importaba que no fuera una fecha patria, yo podía ser dama antigua igual, y mama me preparaba con esmero.
Como dos años consecutivos pude satisfacer mis ganas de ser dama antigua, el tercer año ose elegir otro disfraz, totalmente diferente: fui la Mujer maravilla, ya que ese  disfraz era perfecto para mí, porque la mujer maravilla no era rubia, tenía el pelo largo y oscuro como yo, y además me encantaba, merendábamos mirando la tele y llegamos justo cuando empezaba la serie, era una súper héroe era mujer, con botas y brazaletes que la hacían invencible.

Así que cuando mama pregunto ese año  que quería ser, sin dudarlo dije: -de mujer maravilla, mami, quiero disfrazarme así como ella-
Hubo pruebas de vestuario correspondiente días previos y la emoción crecía día a día, estaba quedando igualito, igualito al de la chica de la tele.
Vino a mi mente ese día de carnaval, el que recuerdo más que cualquier otro en mi niñez, todo el día fue como una  ceremonia, nos fuimos a almorzar a la casa de mi abuela Zulema, que vivía más cerca del centro. Ese día comimos ravioles, hasta tengo presente el mantel a cuadros de la mesa del patio. Mientras los hombres dormitaban una siesta, a nosotros los chicos nos preparaban con los disfraces.
Que emoción más grande  que sentía, me miraba en el espejo y me sentía realmente invencible, segura, era como la chica de la tele, botas rojas, que eran mis botas de agua, que nunca me hubiera imaginado que iban tan bien con mi traje, unos shorts, una musculosa roja, una capa de raso rojo, que era la tela más linda y suave que había visto, los brazales y la diadema de cartón forradas de papel dorado, y en un costado del cinto colgaba el lazo dorado.
Cuando salimos a la calle con mi familia, estaba tan convencida de ser  la mujer maravilla, que sentía que si quería podía volar, pero decide no hacerlo para que mi familia no se asustara. Llegamos a la avenida de Mayo donde en ese tiempo se cortaban como cuatro o cinco cuadras y se colocaban los puestos; algunos de comidas otros de juegos y desfilaban las comparsas.
Y por supuesto en el centro de todo estaba la heladería Due, donde  el tío Ramón  todos los años nos compraba helados a todos.   Así que mientras esperábamos nuestro turno para ser atendidos todos los niños que estábamos adentro nos mirábamos unos a otros los disfraces, habían muchos súper héroes, y alguna que otra dama antigua, pero mujer maravilla yo solita.
Mientras pensaba que sabor de helados iba a pedir, sucedió, “eso” que es realmente lo que no puedo olvidar: vi al chico más lindo del universo.
Mi corazón latía fuertemente, yo estaba enamorada, de eso no había dudas. Nunca me había sentido así, había chicos en la escuela que me gustaban, pero como Lisandro ninguno. Era más grande, claro,  y  jugaba al básquet con mi hermano Juan y mi primo Ezequiel.
Cuando se acerco a saludar y me dio un beso en la mejilla me tembló el cuerpo. Y comenzó a hacer con sus manos gestos como si estuviera tirándome rayos y yo que era la mujer maravilla empecé a defenderme usando mis brazaletes, colocando mis brazos frente a mi cara. Así la situación, la recuerdo y me rio. Pero lo que más me causa risa, es lo  que yo pensaba en ese momento –lo tengo muerto, está enamorado de mi- y mientras me tiraba los rayos hasta pensé sacar mi lazo y hacerlo confesar su amor por mí. Fue mi primer amor, todo platónico claro.
Qué cosas se nos ocurren cuando somos chicos, y de que manera sentimos todo ¿no? Hoy vino a mi memoria ese día, y con el pasar de los años  lo veo con mucha ternura, y me pregunto cómo se habrán visto a la distancia ese chico disfrazado de pirata jugando con una nena disfrazada de súper héroe aquel día de carnaval.

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